Marsala

Al sur de Trápani, después de dejar atrás las salinas rosáceas que se enfrentan a la isla fenicia de Mozia, la carretera nos lleva a Marsala. Su nombre nos es conocido, bien por las aventuras del desembarco de Garibaldi en Sicilia, o bien por sus renombrados vinos. Sin embargo el viajero poco conoce de este antiguo asentamiento fenicio formado por los supervivientes de la colonia de Mozia, destruida por Dionisio de Siracusa en el 397 a.c.

Vista aérea de Marsala
Vista aérea de Marsala

Dicen que Marsala fue la ciudad fenicia más importante con una muralla de seis metros que rodeaba la ciudad y horadada por un sinfín de subterráneos que permitían la huida en caso de asedio. Dicho asedio se produjo por parte de los romanos quienes no fueron capaces de tomarla hasta que diez años de agotamiento hicieron que Marsala pasara a manos de los romanos.

Bajo sus dominio, Marsala fue un importante enclave del Mediterráneo, dad su posición estratégica mirando a África. Reconvertida en ciudad árabe (Marsa Allah), fue reforzada por los normandos, y secularizada por los aragoneses a cuya época pertenecen muchas de sus iglesias. Carlos V tomó la decisión de cerra l ciudad al mar, para evitar los ataques corsarios, llevando a la ciudad al declive económico.

En 1860 Marsala volverá a ser una ciudad conocida gracias al siempre nombrado en sus calles Garibaldi. Además del Casco antiguo, lleno de comercios de venta de productos típicos, recomendamos callejear hasta toparnos con la catedral, o acabar en la Porta Nova. Las casas bajas, típicas de puerto marinero de Marsala se nos hacen amigables, y nos hacen valorar más los palacios, la iglesia de planta circular de la Addolarata, el Museo de los Tapices, o el arquelógico. Si es muy afortunado, encontrará abierto el Parque Arquelogico grecorromano, conjunto de casas romanas con mosaicos muy alegres, como el de la “Medusa“, o los restos de las estancias termales de la Marsala romana.

El casi siempre presente sol anima a comprar un pedazo de queso, abrir un buen vino, y comer cual Lazarillo de Tormes en la tranquila Marsala.